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El noveno elemento que presentamos en esta serie de artículos en motivo del Año Internacional de la Tabla Periódica debe su nombre a la palabra griega chloro, que significa amarillo verdoso. Fue descubierto en 1774 por Carl Wilhelm Scheele, pero no fue hasta 1810 cuando Humphry Davy demostró que se trataba de un elemento químico. Davy fue quien lo bautizó haciendo referencia a su color.

Además de ser imprescindible para la vida, el oxígeno es un elemento químico ampliamente utilizado en la industria, así que no podía faltar en la serie de artículos que estamos publicando en motivo del Año Internacional de la Tabla Periódica. Se representa con el símbolo O y es el tercer elemento más abundante del universo y el primero en la corteza terrestre, ya que forma, prácticamente, la mitad de su masa. Una quinta parte del aire (en volumen) es oxígeno y es del aire de donde se obtiene el oxígeno que se utiliza en la industria, mediante licuefacción y destilación fraccionada.

Chernobyl, la mini serie de moda del momento, ha sacado a escena el protagonista de este nuevo artículo en conmemoración del Año Internacional de la Tabla Periódica, el boro (B). Por su gran capacidad de absorción de neutrones, el boro es utilizado en las centrales nucleares para desacelerar las reacciones. Pero las barras de boro de Chernóbil contenían grafito en las puntas, un material que contrarrestaba el efecto. Este defecto de diseño fue uno de los muchos factores causantes de la calamitosa explosión que tiene ahora a millares de espectadores enganchados a las pantallas.

El portador de luz. Esto es lo que significa la palabra fósforo (P), el nuevo elemento químico protagonista de esta serie de artículos en conmemoración del 150º aniversario de la creación de la tabla periódica. El nombre no es casual. Se trata de un elemento muy reactivo y que se oxida espontáneamente en contacto con el oxígeno atmosférico, emitiendo luz. En su honor, a las sustancias que brillan en la oscuridad sin emitir calor se las llama fosforescentes.

Este post en motivo del Año Internacional de la tabla periódica va dedicado a un viejo conocido por la humanidad, el azufre. Ya en la prehistoria, los primeros humanos utilizaban este elemento químico de símbolo S como pigmento para sus pinturas rupestres. Su presencia es una constante a lo largo de los años: Homero recoge el uso habitual de azufre para el control de pestes en un escrito de 2.800 años de antigüedad; en el siglo XII, los chinos lo emplearon para crear la pólvora; los alquimistas de la Edad Media conocían la posibilidad de combinarlo con el mercurio…

Cuenta la historia que, en 1618, un granjero de Epsom (Inglaterra) quería dar a sus vacas agua de un pozo cercano, pero que estas la rehusaban porque tenía un sabor amargo. Sin embargo, el agua parecía curar los rasguños y erupciones cutáneas de los animales. El granjero de Epsom acababa de descubrir el sulfato de magnesio. Pero no fue hasta 1775 que el magnesio (MG) fue reconocido como elemento químico y hasta 1808 cuando fue convertido en metal por primera vez.

Lo encontramos en el esqueleto de los animales, los dientes, la cáscara de los huevos, los arrecifes de coral, las conchas de los moluscos, en muchos suelos o en el agua. El calcio es esencial para la vida de los animales y las plantas, pero también para la industria. Por todo ello, el tercero de los artículos en motivo del Año Internacional de la Tabla Periódica está protagonizado por este elemento de símbolo ‘Ca’.