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Este post en motivo del Año Internacional de la tabla periódica va dedicado a un viejo conocido por la humanidad, el azufre. Ya en la prehistoria, los primeros humanos utilizaban este elemento químico de símbolo S como pigmento para sus pinturas rupestres. Su presencia es una constante a lo largo de los años: Homero recoge el uso habitual de azufre para el control de pestes en un escrito de 2.800 años de antigüedad; en el siglo XII, los chinos lo emplearon para crear la pólvora; los alquimistas de la Edad Media conocían la posibilidad de combinarlo con el mercurio…

Cuenta la historia que, en 1618, un granjero de Epsom (Inglaterra) quería dar a sus vacas agua de un pozo cercano, pero que estas la rehusaban porque tenía un sabor amargo. Sin embargo, el agua parecía curar los rasguños y erupciones cutáneas de los animales. El granjero de Epsom acababa de descubrir el sulfato de magnesio. Pero no fue hasta 1775 que el magnesio (MG) fue reconocido como elemento químico y hasta 1808 cuando fue convertido en metal por primera vez.

Lo encontramos en el esqueleto de los animales, los dientes, la cáscara de los huevos, los arrecifes de coral, las conchas de los moluscos, en muchos suelos o en el agua. El calcio es esencial para la vida de los animales y las plantas, pero también para la industria. Por todo ello, el tercero de los artículos en motivo del Año Internacional de la Tabla Periódica está protagonizado por este elemento de símbolo ‘Ca’.